|
|
|
"EL ARMARIO DE CAMILA" CAPÍTULO
1: UN
TABO
–CAMILA
baja, que está el desayuno. «El
desayuno, el desayuno ¿y qué?», pensaba Camila tras echar una ojeada al caos
revoltoso de su habitación. Y es que aquel desorden no había por donde cogerlo:
calcetines sin pareja, los vaqueros hechos un lío y dentro de las botas de
agua, el paraguas totalmente descuajeringado y metido en la papelera, varios
libros apilados, por no decir tirados sobre la mesita de noche, hasta su oso de
peluche preferido asomaba una oreja por debajo de la cama. «¡Oh, no!», el
edredón se había confabulado contra ella y allí estaba haciendo las veces de
alfombra. «La pena es que no puedo hacer desaparecer todo esto. Bueno, utilizaré
el viejo truco. ¡Todo al armario!» Camila
recogió todo aquel barullo colorista. Como pudo abrió las puertas del armario
y lo metió dentro. Empujó, empujó y fue cerrando casi al mismo tiempo a fin
de que no se le viniera encima la avalancha de cosas. ¡Cerrado! Miró la
habitación y se dijo satisfecha: «en fin, no ha quedado tan mal». Estiró el
edredón sobre la cama y terminó de vestirse. De nuevo la voz de mamá: –Camila,
¿bajas? Esta
vez el tono era más imperioso e impaciente. –¡Voy!
–dijo Camila–, no encuentro mi otra bota azul. –Está
aquí en la cocina, para variar –dijo Doro. Doro
era la madre de Camila. En realidad se llamaba Dorotea por una tatarabuela suya,
pero que a nadie se le ocurriera llamarla así porque podría peligrar su vida.
Dorotea, digo Doro, adquirió este diminutivo desde pequeña y se prometió a sí
misma no utilizar ningún nombre de los antepasados para sus hijos si algún día
los tenía. El ejemplo de que cumplió su promesa fue que cuando nació Camila,
pues eso, le puso Camila y se saltó a la torera toda la tradición familiar. –¡Vaya!,
otra vez he perdido una bota –dijo Camila en voz alta–. Bueno, bajaré con
una bota y una zapatilla, ¡puede ser divertido! Y
salió de su cuarto. Empezó
a bajar la escalera. –Bota,
zapatilla, bota, zapatilla,... Pero, ¿y si las palabras se vuelven traviesas?
Entonces diría tabo, llatipaza. ¡Qué
pasada! Llegó
de esta guisa a la cocina. Su padre, Víctor, engullía deprisa unas tostadas
ayudado por sorbitos de humeante y oloroso café. |