CUENTO DE NAVIDAD
 

ANA Y LOS LÁPICES

Llegó a casa como un ciclón. Nadie se extrañó de verla entrar corriendo y subir los escalones hacia su habitación de dos en dos. Ana apenas dijo un ¡hola!

-Ana, está la merienda –dijo su madre-, he comprado merengues.

Pero Ana había llegado con una idea en la cabeza que ni los merengues. Aquella mañana su padre le había dado seis lápices de colores que encontró en la playa mientras sacaba la barca del agua. A primera vista Ana pudo comprobar que no eran como los lápices normales que usaba en el cole.  No, aquellos eran muy delgados y brillaban una barbaridad. Enseguida los guardó dentro del gorro de lana que nunca usaba porque jamás nevaba en su pueblo. Sacó una hoja de la carpeta de dibujo y comenzó a pintar un oso. Ana quería pintar un oso blanco rodeado de nieve y árboles cargados de escarcha, hielo,  todo blanco.

Los fue colocando sobre la mesa. Tenía: un verde hoja brillante, un rojo escarlata, un amarillo submarino, un azul cielo, un morado violeta y... ¡necesitaba el blanco! La nieve era blanca, ¿a que sí? Ana rebuscó en aquel gorro, lo volvió del revés, e incluso se lo puso, nada. El lápiz blanco no estaba allí. Una pequeña lágrima rodó por su rostro. Si aquel lápiz especial  no aparecía, ¿cómo podría pintar la nieve? En ese instante Ana volvió a oír la voz de Isabela, su madre:

-¡¡Ana, baja enseguida, aquí hay un lápiz blanco que pregunta por ti y lo está llenando todo de nieve!!   

En efecto, cuando Ana llegó al salón todo estaba nevado y blanco y aquel lápiz mágico no paraba de dibujar copos nevados haciendo piruetas sobre la tele, la mesa, las sillas...

¡Bien, por fin tendrían una Navidad blanca!

 Abrió la puerta de su casa y salió a la calle. El lápiz la seguía a todas partes coloreándolo todo de blanco: tejados, aceras, balcones, calles, parques, juguetes...

Ana saltaba feliz gritando a diestro y siniestro: ¡FELIZ NAVIDAD! Mientras, una estela blanca y nevada pintaba sonrisas en todos los corazones.

Carmen Ramos